6 de marzo de 2016

Two 'funks' don't make a right

Ya hace casi tres años que coincidimos. De que la vida te puso en mi camino para enseñarme que no se puede dar demasiado, ni se puede andar por ahí soñando despierta.

No me arrepiento de haberme arriesgado, no sabía el efecto que tendrías en mí. No tenía idea de que por dentro eras solo oscuridad... O sí, pero me llenaba la boca diciendo que yo podía sacar lo mejor de ti y salvarte de lo que llamé tu post break up funk.

En la universidad siempre me gustó la clase de documental (no necesariamente por el profesor) sino porque supe que para poder apreciar las cosas tienes que guardar distancia, que no te puedes involucrar, que todo está en ser objetivo. Yo siempre he pensado que una de mis grandes cualidades es ser objetiva.

Ahora, a esas normas básicas del documentalista, le agrego el tiempo. No solo la distancia me ha permitido evaluar nuestra no-relación con toda la objetividad que he podido recolectar a través de los años, sino el tiempo. Hace un año se me hubiese hecho imposible ver las cosas como las veo hoy, sin un pedestal, sin filtros de nostalgia, sin idealizarte.

Porque hacer que te idealicen es tu principal atractivo, hablando en términos que entiendas: es tu ventaja competitiva.

*wink, wink*

En mí supongo que viste mis inseguridades, que también notaste mi post break up funk. ¿Presa fácil?, no lo llamaría así. La verdad es que tampoco hice mucho esfuerzo en ocultar que me atraías.

Pero estoy divagando. Lo que quiero decir es que al fin he visto todo con claridad. Magnificaste mis pequeñas inseguridades para engancharme, te abriste a mí no para que te conociera sino para que entendiera (creyera, en verdad) que eras un ser irrepetible y que yo era especial no por mis cualidades, sino porque tú me habías elegido para compartir tus pensamientos y tus historias.

Para disimular tu egoísmo, te disfrazaste de alma libre. Me confesaste que siempre anteponías tu bienestar antes del de otro, pero de una forma en la que yo me sintiera protegida y fuera del alcance de tu cuchilla. Bueno, hasta ahora.

Digamos que lo del egoísmo fue lo más sincero que jamás me dijiste.

Sin embargo, aunque todo este texto pueda parecer que no es cierto, he aprendido mucho de mí gracias a ti. Ahora sé que dar demasiado nunca está bien, lo mejor es guardarse, esperar, conocer, aceptar y decidir. Sé que nadie puede tener más poder sobre mí que yo. Sé también que quien quiere no es egoísta y que las personas se vuelven incapaces de querer si así se lo proponen.

También aprendí que no vale la pena conformarme, ninguna persona es un premio. Afortunadamente, me di cuenta a tiempo de que sacrificar mi paz por tu capricho no iba a llevar a nada.

Lo mejor de todo es que de esos meses no me hace falta nada, que hoy puedo escribir estas líneas con total tranquilidad, sin pensar en quien las lea, lo que piense de ti o lo que piense de mí. Es la verdad, es lo que pasó, lo que pienso.

Tampoco echo de menos la amistad, si es que alguna vez la hubo. Escucharte hablar de ti mismo ya no es una novedad para mí, menos si ahora tu vida se ha reducido a un trabajo que odias, un apartamento pequeño y una relación que, según tú mismo, ni siquiera se merecía ese nombre. Además, ya que estamos en full disclosure mode, si hubiese amistad al menos sabrías donde vivo.

No te deseo mal, de verdad. Te deseo que aprendas.

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